domingo, julio 08, 2007

Whodunit

El Cine negro tiene un subgénero (menos preciado), el de la novela problema o mejor dicho, al que conocemos como "whodunit", cuyo mayor y más brillante exponente escrito es Agatha Christie.

Rama esencial de la novela policíaca que tuvo su época dorada en el período de entreguerras (años 20 y 30), el whodunit (cuyo nombre proviene de la pregunta "Who has Done It?", ese "¿Quién es el Asesino?" que constituye la premisa básica sobre la que gira este tipo de novelas) posee, en su sentido clásico, una estructura de "problema de lógica" (de ahí que también se le conozca como "novela problema") que le hace especialmente difícil de adaptar al cine. Por naturaleza constituye una especie de partida de ajedrez entre autor y lector que miden sus respectivas inteligencias: El primero intentando manipular al segundo sumergiéndole en un entramado de pistas, sucesos y deducciones no siempre fiables hasta el momento de la resolución final; este, por su parte, tratando de adelantarse a la estrategia de su adversario adivinando sus movimientos antes de que enseñe sus cartas definitivamente al final del relato.

Ese componente de reto, de desafío al lector que tiene el whodunit (a menudo formulado explícitamente, tal y como hacían escritores como Ellery Queen en sus primeras novelas) es el que explica su éxito popular. Resulta muy fácil (si la estructura es hábil) implicarse en la trama y enfrascarse en la solución del enigma planteado, lo cual proporciona una lectura absorbente y placentera, repito, siempre que uno decida participar en el juego. Pero también implica no pocas dificultades de adaptación cinematográfica en la medida en que resulta poco interesante desde el punto de vista del lenguaje visual. Los mismos componentes que por escrito contribuyen a sumergir al lector en la historia (interrogatorios, hipótesis, análisis de coartadas, etc.) son para el espectador de cine una estática y monótona invitación al tedio plasmadas en la pantalla.

El whodunit suele tener poca acción, escaso "movimiento", tendencia al exceso verbal y muy contada variedad de escenarios, lo cual automáticamente le convierte en "veneno para la taquilla" si no se opta por realizar cambios notorios en el salto del libro al celuloide. La pega es que del mismo modo que un puzzle al que se le modifica una sola pieza deja patentemente incompleto el conjunto final, el buen whodunit suele tener un armazón de rompecabezas policíaco que dificulta las remodelaciones, porque cada elemento tiene su razón de ser (y de estar) para conseguir el resultado final deseado. Cualquier modificación importante, en consecuencia, puede arruinar el efecto buscado, quitándole toda la gracia al asunto y echando por tierra su posible interés. Ese es el motivo por el que muchos cineastas, Lumet y John Guillermin entre ellos, a la hora de adaptar uno de los whodunits puros y duros de la Christie, (que tiene otras obras policíacas más heterodoxas y con más posibilidades cinematográficas, irónicamente desaprovechadas por el Séptimo Arte) han optado por no complicarse la vida y convertirse en serviles ilustradores, con la mayor fidelidad posible, del original literario de turno.

"Asesinato en el Orient Express", quizá la más canónica adaptación de Agatha Christie para la pantalla, es una buena muestra de ello, así como de las miserias de esa opción: Se trata de una cinta aburrida, repetitiva, repleta de burdos subrayados en forma de flashbacks que le recuerdan machaconamente al espectador lo que tal personaje hizo o dijo, con un cansino desfile de interrogatorios y teorías, que sólo se sostiene gracias a su impresionante reparto de estrellas y la esforzada labor de un irreconocible Albert Finney como Poirot, justamente antológica; pero que en cualquier caso está a años luz del vigor y la fuerza de otros trabajos de Lumet que pueden parecer erróneamente de corte similar pero que estaban concebidos, ya desde su origen, para la interpretación en vivo ante un público (lo cual marca una GRAN diferencia que influye en toda su estructura y una ventaja palpable), como las numerosas obras de teatro llevadas a la pantalla por el cineasta neoyorquino. Quizá Lumet creyó que adaptar a Christie era una labor equiparable a hacer lo propio con un "12 Angry Men", por ejemplo, pero se equivocaba de medio a medio, y los soporíferos resultados así lo demuestran, aunque el cineasta se muestre más que satisfecho del resultado y de las nominaciones al Oscar con las que arrambló. Lógicamente a Guillermin, director mucho más mediocre, no le fue mejor con el mismo sistema pese a contar con un reparto no menos ilustre en su "Muerte en el Nilo". (Dicho sea de paso, resulta significativo que este tipo de adaptaciones "canónicas" de la Christie parezcan seguir la tónica del cine de catástrofes de los 70, con luminosas reuniones de estrellas colocadas en torno a lo que frecuentemente era la nada más absoluta).

Pero una vez expuestas las dificultades que conlleva la versión cinematográfica de un típico whodunit literario, ricemos ahora el rizo: Imaginemos que el reto a superar no es ya la adaptación de una novela como "Orient", que al menos cuenta con un detective peculiar y atípico como protagonista, no desprovisto de cierto carisma, sino la de un libro cuya heroína es, al menos en apariencia, la apoteosis de la vulgaridad y lo anodino: Una anciana pueblerina de unos 70 años cuyas actividades más frecuentes son la jardinería (pasión compartida por su creadora), hacer punto y tomar el te con un puñado de chismosas... Seamos sinceros: ¿Verdad que no suena muy prometedor?. ¿Quién demonios pagaría una entrada para ver a semejante mostrenca?

Nadie. O al menos eso debieron pensar los productores de cine de todo el mundo. De ahí que, pese a ser uno de los personajes más famosos de Christie, (y a diferencia de Poirot, que ya en 1931 estaba presente en la gran pantalla con "Alibi", de Leslie Hiscott), Jane Marple necesitara más de 30 años para debutar en el cine y ganarse el favor de los espectadores. Es obvio que el personaje daba repelús a todo tipo de cineastas por su inequívoco aire de "veneno para la taquilla", y eso la condenó a la indiferencia durante lustros. Pero en el fondo, como tantas veces suele ocurrir, la solución del problema era sólo una cuestión de imaginación.

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