martes, octubre 14, 2008

The Searchers (1956)

Tengo pendiente una entrada en el blog sobre el último libro que me he leído, pero una fuerza sobrenatural (me lo ha pedido un amigo :) ) me ha empujado a escribir sobre esta película. Se trata de la mal traducida "Centauros del Desierto" del mítico entre los míticos, del gran John Ford, cuyo título original: "The Searchers" nos evoca mucho más.

No me voy a andar con medias tintas. Seré claro, esta es una de las 5 o 10 mejores películas de la historia del Cine. Es, sin duda alguna, el Western que más me gusta y sin duda alguna contiene muchos de los iconos cinematográficos que guardaré en mi memoria para siempre. Por tanto, no se trata de una crítica, sino de una revisión de un clásico que nunca pasará de moda, y que debería proyectarse en todas las clases de cualquier trabajo relacionado con el Cine.

John Ford, como gran figura del género de las películas del oeste, tiene una evolución precisa y preciosa, que ejemplifica en su larga carrera. Obviamente, Ford hizo más películas de otros géneros (muchas de ellas, grandes obras también, por supuesto) para hacer un total de 145 largometrajes a lo largo de su vida, pero sin duda, su legado , para mi, se culmina con "The Searchers". La línea que una la luminosa y rápida "La Diligencia - Stagecoach (1939)", con la turbia y dura "The Searchers" y la crepuscular "The Man Who Shot Liberty Valance (1962)" (con ese Tom Doniphon que ve como otro se lleva su chica y la gloria de sus actos, muriendo solo y dejando tras de si un cadaver olvidado al que incluso le roban las botas) es una muestra clara de las diferentes vertientes de un genio. O mejor dicho, de la evolución que el genero sufrió en sus manos, a lo largo de la historia, desde el amanecer haste el crepúsculo (que otros siguieron, como Clint Eastwood y su genial "Unforgiven (1992)"

Hace unas líneas hablaba de iconos cinematográficos de "The Searchers", que contiene muchos. y ahora hablaré de los más bonitos.
Si hay una puerta célebre en la historia del Cine es la que abre la película. Se trata de la puerta del rancho "Edwards", en medio del Texas de 1868. Esa puerta no es sólo una puerta, es una metáfora que abre y cierra la cinta, que abre y cierra muchos de los sentimientos contenidos en ella. Es una metáfora que culmina cuando se acabe la película, con la simetría de otra puerta semejante, la del rancho "Jongersen", cuyo movimiento de cierre se enfatiza con un fundido en negro, cerrará la película de manera magistral. La película es intensa desde el primer momento, desde que se abre la primera puerta, hasta que se cierra. No hay un momento que no tenga tensión, que no imprima sentimientos y que no transmita fuerza e intensidad en cada uno de los fotogramas. Si asociamos la puerta al ojo humano, "The Searchers" sería un parpadeo decisivo antes de saltar al vacío, y cuando abrimos los ojos, hemos vivido con intensidad el momento.

"The Searchears" es otro forma de ver el género del Western. No sólo por la revolución técnica, de encuadres, travellings, montaje, es decir, de aspectos formales. No, se trata de una cuestión más importante, más de enfoque, más de forma de entender la historia. "Centauros" tiene una concepción del héroe, del protagonista, y una concepción del enemigo diferentes a lo habitual del género. Esa belleza de las formas y el contenido, es a la vez, perturbadora. Y no olvidemos que la cinta es del 1956.

Ethan Edwards, el protagonista, es despiadado, amargado, rudo, solitario y tiene tanto odio encerrado en si mismo, que desde luego, no parece un héroe. Cuando la película nos lo enfrenta a los teóricos "malos", esos despiadados que han secuestrado a la pequeña Debbie, ya vemos a una pequeña no tan pequeña (una preciosa Natalie Wood), y la conversión que ella ha llevado, y lo que le explica a su tio, nos hace pensar que igual los malos son tan malos. Sobre todo por lo que le hemos visto hacer al despiadado de Ethan Edwards. John Wayne es Ethan Edwards, un racista consumido por el odio hacia los indios, y que tras la muerte de su hermano y su familia encuentra su única razón de ser en vengar esos asesinatos y recuperar a su más joven sobrina, Debbie, que con los años adquirirá el rostro de la deliciosa Natalie Wood. No importan la fatiga, el frío, el calor, los enemigos o el hambre; lo único que importa es completar la búsqueda. En resumen, es la historia de un solitario con una misión que cumplir, y una vez acabada vuelve a ser el desamparado de siempre, que como dice la canción cabalga lejos, lejos, lejos.

La cinta se convierte en un viaje. En un viaje en círculos, como ya he dicho, las puertas abren y cierran el círculo, pero ya veremos que hay más. La cinta, tras la llegada de Ethan al rancho atravesando esa puerta inicial, comienza con una cena familiar. Después de cenar, Ethan, obsequia con varios regalos a sus sobrinos, y especial es el cariño que muestra hacia la pequeñaja Debbie, a quien le da un medallón de oro para más tarde levantarla en brazos con su vigorosa fuerza. Años más tarde, esa forma de alzar a su pequeña será la que emplee para izar a la ya moza e india Debbie. Un déjà vu que provoca en él un sentimiento de cariño y afecto que había llegado a olvidar. Porque es tan grande el odio que Ethan siente hacia la tribu comanche, que incluso dispuesto está a matar a su sobrina. Lo que en principio se convirtió en el desesperado intento de recuperar a una niña que él adoraba, se transforma en una limpieza de sangre propia de un proceso inquisitorial. John Ford ha transformado la búsqueda por un familiar (cuyo compañero de fatigas ni siquiera es un Edwards) en una caza de indios, aunque sean de la propia sangre.

Ford no perfila sus personajes, los define con un trazo preciso. En las primeras escenas deja claro como es Ethan. En la cena, le hecha una mirada a Martin (interpretado por Jeffrey Hunter) de esas que matan. Martin es un muchacho con sangre india, adoptado por el hermano de Ethan. Ethan le comenta, con un desprecio que al espectador le hace sentir miedo: "Podrías pasar por un mestizo". Y el círculo se cierra, será Martin el que acompañe a Ethan a buscar a su sobrina raptada años más tarde.

Y llegamos a la escena donde el rancho Edwards es atacado. Secuencia que en realidad NUNCA SE VE, porque Ford la resuelve MAGISTRALMENTE. Los indios andan acechando. Lo sabemos por el perro que no calla, los pájaros que salen huyendo. Martha (esposa del hermano de Ethan) se lanza a apagar luces y cerrar ventanas. Entonces todos se recogen en casa y Lucy (la hija mayor) enciende una lámpara. “Lucy no”, grita Martha mientras abofetea a su primogénita. La cámara pasa a acercase cada vez más a la cara de Lucy que, tras contraer una mueca de horror y pánico, lanza un grito desgarrador. Después, todos se esfuerzan por conseguir que la pequeña Debbie escape a la masacre que se avecina. La niña huye por la parte trasera de la casa y sólo se detiene para decirle al simpático perrillo que vuelva dentro. Una sombra oscurece el plano, Debbie alza la vista y descubre al jefe comanche, Cicatriz, quien toca su cuerno de guerra. Lo que viene después ya lo sabe el espectador sin necesidad de verlo.

Más tarde, Ethan llegará al rancho de su hermano, de su familia. El rancho está pasto de las llamas. Ford enfatiza el momento duro con la ayuda de la música de Max Steiner. Ethan saca su rifle y se adentra para encontrar los cadáveres de los Edwards. El espectador enmudece por el dolor que se supone, pero Ford NO NOS MUESTRA la masacre, no se regodéa en los detalles escabrosos (no hace falta mostrar miembros amputados, cabelleras cortadas ni nada de eso, la música y Wayne hacen el resto). Es más sutil que todo eso. Ford prefiere contar la dureza de otra manera. Llegan Ethan y Martin y el perro (que ha sobrevidido) comienza a ladrar y gemir sobre el lugar donde Debbie dejó caer su muñeca. Ese momento es el principio del giro que da el film, el punto de inflexión que marca el inicio de la larga búsqueda antes referida.

Dentro de los iconos de los que hablo, que trata de transmitir igual que Ford lo hace en la cinta para conmigo, están los detalles. Ford siempre fue un gran detallista y salpica toda la cinta con objetos que aparentemente no tendrían nada que decir, pero que no están ahí sólo por estar, sino, como he dicho desde un principio, para transmitir sentimientos y sensaciones. En medio de una gran dirección artística (James Basevi y Frank Hotaling nada menos), los decorados de Victor A. Gangelin y el vestuario de Charles Arrico destacan muchas cosas.
  • El capote que lleva John Wayne. A través de él, John Ford nos cuenta una historia de amor PRECIOSA. En una escena inicial podemos ver como Martha Edwards dobla y acaricia con el mayor de los amores el capote del hermano de su marido, el capote de Ethan. Tate, Martha estana enamorada de Ethan (el héroe) aunque probablemente no la dejarían casarse con él. Así que la mujer se casó con el hermano de su amado. Ese capote, será a la postre el sudario de la hija de Martha (Lucy Edwards) en una escena DESGARRADORA, donde Ethan lo narra de manera dura y directa.
  • La espada que Ethan regala a su sobrino
  • La muñeca de Debbie, con la que Ethan y Martin intentan reconocer a Natalie Wood
  • La mecedora donde el viejo Mose Harper (gran interpretación de Hank Worden) se pasa las horas, anhelando sueños suponemos
  • La carta que recibe el personaje de Laurie Jorgensen (otra gran interpretación de Vera Miles) y que resultará básica para estructurar la película
  • Los paisajes. Si, Monument Valley es un personaje más, un icono más. Es muy fuerte en el cine de Ford la psicología del paisaje. Esa sensibilidad para hacer hablar al territorio, para localizar emocionalmente, es una razón más para ver en su Oeste no un decorado espectacular, sino algo más. Lo que queda no es el mapa uniforme de la conquista catastral, erigido sobre la destrucción ocultada de los nativos y el medio ambiente, sino que en este filme murmura el conflicto, queda el desasosiego, abre la puerta a futuras miradas sin prejuicios. Vemos en "The Searchers" la mejor pintura paisajista del poniente, oímos literatura sin clichés, la música y las canciones zurcen secuencias y sentimientos en un tiempo que fluye como el leudar de una leyenda soplando ráfagas de viento más allá de la puerta, más allá de la pantalla.
De las interpretaciones ya he ido diciendo cosas. John Wayne dijo que "The Searchers" era la mejor película de Ford. Siguiendo con las simetrías, es probablemente la mejor interpretación de Wayne, en su papel de Ethan Edwards, una especie de Ulises del Oeste. La famosa puerta del rancho Edwards es, en realidad, una frontera. La tierra prometida linda con el miedo. Todo esto es resaltado en la escena del ataque a la casa. John Wayne o Ethan Edwards es quien mejor conoce al enemigo, pero el odio le ciega, hasta el punto de considerar culpable a la víctima por su roce con el otro. Este héroe con una zona de sombra, con un carácter resolutivo pero un pensamiento peligroso, obcecado por el odio, es una presencia que mantiene en vilo el filme, incluso en los momentos más distendidos. Y la interpretación de Wayne es magistral para conseguir transmitir esto. Sin duda, genial. Y para los que digan que John Wayne fue un actor del montón, debería revisar varios de sus papeles. No ver la diferencia entre el despiadado y amargado Ethan Hawke de "The Searchers", el ingenuo Ringo Kid de "Stagecoach" o el melancolico Nathan Brittles de "She Wore a Yellow Ribbon - La Legión Invencible" (y cito tres peliculas del mismo genero y tres papeles diferentes del actor), yo no puedo hacer nada.

El último icono que quiero reseñar es este: Cuando Ethan persigue a Debbie al final, la coge en sus brazos, la levanta , como había hecho años antes, y dice: ¡¡ Vamonos a casa !!. Magistral.

Podría seguir diciendo muchas cosas, pero la verdad es que todo lo que tiene "The Searchers" es para descubrirlo. Hay cosas que Ford dice, pero hay otras que son para descubrirlas. El director, no dice algunas cosas pero se suponen, como cuando se encontró a la niña mayor muerta y el protagonista no dice nada hasta unas escenas más tarde, pero tu lo supones antes por su forma de actuar. En la película no lo dice pero hubo una relación entre el protagonista y su cuñada por el modo que tienen de actuar. Las miradas dicen mucho, y parecen batallas, y las batallas son rodadas como auténticas miradas.

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