martes, octubre 22, 2013

Rol

Hoy rescato un pequeño trozo del diario de una partida de rol que escribí allá por el 2008. 

Es una pequeña porción de una lucha sin cuartel. El protagonista es Edward Elgar, un hombre de armas temido en todos los bares y posadas. Gran guerrero y mejor defensor, quizá, sólo quizá, algo “cortito”, meón y borracho, pero un gran compañero. Lucha contra una bestia parda que es Roth. 

Aquí os dejo esa parte del texto....
Edward, saboreando por igual la sal de su propio sudor, la sangre, tanto propia como ajena, lanza un ataque frenético contra Roth, y por la espalda (+4). El primer ataque, donde Edward pone todo de si, ¡¡¡es un crítico!!! Así que golpeará sin poder evitarlo. Gracias al filo de la espada de Edward le hace una buena herida (17pv). Roth, casi conmocionado (por un puto punto) sigue aún en pie.
Los sonidos se atenúan y se distorsionan. La luz parece enrojecerse, o quizá es su propia vista, cegada por la ira. Todo se ralentiza. A su alrededor los golpes parece que nunca fueran a llegar a sus destinos y cuando llegan el sonido que arrancan es agónico y grave. Como si estuviera ahogado. Edward se mueve como si lo hiciera en aceite, los movimientos son lentos y pausados, pero aun así se desplaza más rápido que nadie. Su sangre hierve
Ve a Roth desprevenido, incluso asustado. Todo sucede como si el tiempo se fuera a detener, dilatándose. Los movimientos de Roth son lentos. Como en un baile, realizado a una imposible lentitud. 
Edward se agacha y gira lanzando un amplio tajo a las rodillas de Roth. Salta. Edward le ve elevarse poco a poco, como si fuera a flotar. Pero está herido y Edward puede aún corregir el golpe, subiendo la espada con fuerza entre sus piernas. 
La espada se entierra casi hasta el pecho, y la s vísceras empiezan a caer por el tajo abierto. Edward retira la espada antes de que caiga el cuerpo al suelo. Ya no es dueño de si mismo y Roth no es dueño de su vida. Dos golpes más, y estará muerto. 
Pero antes, Roth verá en los ojos de Edward algo que le asustará. Verá la muerte. La cara en un rictus salvaje y los dientes apretados es algo que esperaría, pero los enrojecidos ojos parecen estar en calma, vacíos, como si no estuvieran allí.

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